Ha salido a la calle, atardecer en la piel, los cabellos alborotados, la mirada húmeda y perdida en el gris de los baldosines.
Un autobús se detiene frente a ella, le pide que salte, que descanse en él, y ella accede, haría cualquier cosa que le pidieran, porque ha perdido, ha vuelto a perder.
El viaje es demasiado breve, sólo ha logrado suspirar un billón de veces antes de que el vehículo se detuviera y la vomitara de nuevo a la calle.
Y su mente... su mente igual que su mirada.
Camina, con ella pero sola, ausente, con ella...
Lugares cerrados, orden, estanterías, algunas personas con venas de cristal, más brisa.
Un enorme peso que le desgarra los dedos, de nuevo el camino, esta vez más pesado, esta vez sin vehículos, con ella pero sola, esta vez más despeinada.
Volveremos a pasear.